The Mound: Omen of Cthulhu es la nueva propuesta cooperativa de ACE Team, el estudio responsable de títulos como Zeno Clash o Clash: Artifacts of Chaos, que en esta ocasión cambia por completo de registro para ofrecer una experiencia de terror en primera persona inspirada en el universo de H. P. Lovecraft. Publicado por Nacon, el juego nos pone en la piel de un grupo de expedicionarios del siglo XVI que se adentran en una misteriosa selva sudamericana en busca de reliquias de gran valor. Sin embargo, pronto descubren que el mayor peligro no son las criaturas que habitan ese lugar, sino la capacidad de una presencia ancestral para distorsionar la realidad, sembrar la paranoia y enfrentar a los propios miembros del equipo entre sí.
Tras pasar alrededor de 20 horas explorando sus expediciones junto a un grupo de otros tres jugadores, hemos podido comprobar de primera mano todo lo que ofrece The Mound: Omen of Cthulhu, desde sus mecánicas cooperativas hasta su peculiar forma de trasladar la locura lovecraftiana a la jugabilidad. A lo largo de este análisis repasaremos qué hace bien, cuáles son sus puntos más débiles y si realmente consigue convertirse en una experiencia recomendable para los aficionados al terror cooperativo o si, por el contrario, acaba perdiendo fuelle tras las primeras partidas.
Historia: una expedición donde la auténtica amenaza es perder la cordura
Si hay algo que deja claro The Mound: Omen of Cthulhu desde el primer momento es que la historia no pretende ser el principal reclamo de la experiencia. Existe un contexto narrativo que sirve para justificar las expediciones y la progresión, pero el juego apuesta mucho más por la ambientación, las situaciones emergentes y la cooperación entre jugadores que por desarrollar una trama compleja o unos personajes especialmente profundos.
Nuestra aventura comienza a bordo de un barco que actúa como base de operaciones. Desde allí seleccionamos a uno de los personajes disponibles —inicialmente solo cuatro, aunque es posible desbloquear más rescatándolos durante las expediciones— y aceptamos un contrato antes de partir hacia la selva. La premisa es sencilla: formamos parte de un grupo de mercenarios y exploradores cuyo objetivo consiste en internarse en territorios desconocidos para recuperar reliquias de gran valor, rescatar supervivientes y encontrar antiguas bitácoras que permitan desbloquear nuevas zonas del mapa y acceder a expediciones cada vez más peligrosas.
No hay demasiadas cinemáticas ni grandes giros argumentales. Cada misión funciona prácticamente como un contrato independiente en el que debemos cumplir un objetivo concreto, normalmente reunir un valor mínimo de tesoros antes de regresar sanos y salvos al campamento. A medida que completamos expediciones obtenemos experiencia, monedas y recursos para mejorar cosas en el barco como las armas o la cantidad de vida que te curan las raciones, pero la narrativa nunca pasa de ser un hilo conductor que conecta unas partidas con otras.
Sin embargo, donde The Mound: Omen of Cthulhu sí logra transmitir la esencia de la obra de Lovecraft es en la forma en la que integra la locura dentro de la propia jugabilidad. Más que contarnos una historia sobre el horror cósmico, consigue que el jugador la viva en primera persona. Nunca sabes si el arma que acabas de encontrar realmente es un poderoso arcabuz o simplemente una rama que tu mente interpreta como un fusil; puedes ver enemigos donde solo hay compañeros, atacar sin querer a un aliado convencido de que es un monstruo o desconfiar constantemente de todo lo que ocurre a tu alrededor. Son pequeños detalles que no solo resultan muy originales, sino que generan situaciones tan tensas como divertidas cuando se juega en cooperativo.
En definitiva, quienes busquen una campaña cargada de narrativa probablemente se queden con ganas de más. Pero si el objetivo era construir un contexto que sirviera de excusa para lanzar a los jugadores a expediciones impredecibles y, sobre todo, trasladar la sensación de paranoia propia del universo de Cthulhu, el juego cumple con nota. La historia pasa a un segundo plano, pero la forma en la que se experimenta el horror acaba siendo mucho más memorable que el argumento en sí.
Lo que sí es cierto es que esto también resulta ser un problema cuando llevas unas cuantas horas de juego, ya que apenas hay sensación de progresión. Puedes ir desbloqueando nuevas misiones y nuevas zonas, pero son escasas y el 95% de las misiones son ir a la selva a recolectar reliquias y recursos y volver al barco. Después de dos o tres partidas, termina siendo «más de lo mismo».
Jugabilidad y mecánicas: un cooperativo que brilla cuando la comunicación se rompe
El auténtico corazón de The Mound: Omen of Cthulhu está en su jugabilidad. Aunque sobre el papel podría parecer otro cooperativo de extracción más, lo cierto es que introduce suficientes ideas propias como para diferenciarse de otros títulos del género. Todo gira alrededor de expediciones para hasta cuatro jugadores en las que debemos explorar escenarios, encontrar reliquias, sobrevivir a las criaturas que los habitan y, sobre todo, conseguir regresar con vida para cobrar la recompensa.
Antes de cada misión, desde el barco elegimos el personaje con el que vamos a jugar y aceptamos uno de los contratos disponibles. Dependiendo del objetivo, el juego proporciona un equipo determinado que se comparte entre todos los integrantes del grupo, y aquí ya aparece una de las primeras decisiones interesantes: los recursos son muy limitados. Hay armas cuerpo a cuerpo como sables, machetes o alabardas, armas de largo alcance como arcos, ballestas y mosquetes, además de armaduras, cascos, linternas y otras herramientas. No hay suficiente para que todos vayan perfectamente equipados, por lo que desde el principio toca organizarse y decidir quién desempeñará cada papel.
Las propias misiones también aportan variedad. La mayoría consisten en reunir un valor mínimo en reliquias y objetos antes de retirarse, pero conforme avanzamos aparecen contratos más complejos, como recuperar documentos importantes, rescatar supervivientes o acabar con determinados enemigos especialmente peligrosos. Una vez alcanzado el objetivo, todavía queda superar uno de los momentos más tensos de cada partida: regresar hasta el campamento inicial escoltando el carro donde hemos ido depositando todo el botín. Y es que llegar al objetivo no garantiza el éxito; perderlo todo durante la retirada es bastante más habitual de lo que parece.
La progresión también está bien planteada. Completar expediciones nos proporciona experiencia y monedas que podemos invertir en mejoras permanentes para futuras partidas, como herramientas que facilitan encontrar reliquias o distintas ventajas para el grupo. Además, durante las expediciones también es posible recoger recursos como madera o cazar ciervos, materiales que sirven para mejorar el propio barco y desbloquear beneficios pasivos, como aumentar la eficacia de las raciones de curación.
Pero si hay un elemento que convierte a The Mound: Omen of Cthulhu en una experiencia diferente es cómo traslada la locura lovecraftiana a las mecánicas. Aquí la paranoia no aparece únicamente mediante efectos visuales: afecta directamente a la forma de jugar. Podemos encontrar un arma chulísima que en realidad nuestros compañeros ven como una simple rama; confundir aliados con enemigos y atacarlos convencidos de que son monstruos; o enfrentarnos a criaturas que solo existen en nuestra cabeza mientras el resto del grupo observa desconcertado lo que estamos haciendo. Son situaciones imprevisibles que generan momentos tan caóticos como memorables.
En este sentido, hay un consejo que considero casi obligatorio: si vais a jugar con amigos, olvidad Discord y utilizad exclusivamente el chat de voz integrado del juego. La experiencia cambia por completo. Si un compañero muere deja automáticamente de poder comunicarse con el resto, la distancia hace que las voces se vayan perdiendo y existen incluso herramientas como un silbido para intentar localizar a otros jugadores cuando os separáis. Todo ello consigue que la inmersión aumente enormemente y que la tensión sea constante durante toda la expedición.
Los combates funcionan correctamente y cuentan con algunos detalles interesantes. Es posible eliminar de un solo golpe a muchos enemigos si conseguimos acercarnos por la espalda, aunque algunos de ellos pueden volver a levantarse tiempo después si no les cortamos la cabeza antes. También resulta muy llamativa la mecánica de los compañeros caídos: si conseguimos recoger rápidamente su cuerpo y llevarlo hasta el carro podremos revivirlos. Si tardamos demasiado, ese compañero terminará levantándose convertido en un enemigo más del escenario, aunque incluso entonces todavía existe la posibilidad de derrotarlo y recuperar el cadáver para devolverlo a la vida. Son pequeños sistemas que aportan tensión adicional y hacen que cada muerte tenga consecuencias reales.
No todo es perfecto, eso sí. La gestión del inventario resulta algo incómoda, ya que únicamente disponemos de seis espacios que funcionan como barra de acceso rápido y no existe ninguna posibilidad de reorganizarlos. Esto obliga a regresar constantemente al carro para descargar objetos, rompiendo en ocasiones el ritmo de la exploración. Tampoco termina de convencer el combate cuerpo a cuerpo contra algunos enemigos que se desplazan reptando por el suelo, ya que los impactos no siempre registran correctamente y la sensación es bastante imprecisa. Por último, cabe mencionar que las pocas escaleras de mano que hay para acceder a zonas más altas funcionan un poco regular, y más de una vez se bugean.
Aun así, son defectos relativamente menores dentro de un conjunto muy sólido. Después de unas veinte horas de juego seguimos encontrando situaciones diferentes en prácticamente todas las partidas, algo que dice mucho del diseño de sus mecánicas. Quizá no sea uno de esos títulos capaces de absorberte durante cientos de horas, pero sí uno de esos cooperativos a los que siempre apetece volver para jugar un par de expediciones con amigos y echar unas cuantas risas… o llevarse algún buen susto.
Apartado artístico: una ambientación sobresaliente con la paranoia como protagonista
Si la historia queda en un segundo plano y las mecánicas son el gran pilar de The Mound: Omen of Cthulhu, el apartado artístico es el elemento que consigue unirlo todo. No hablamos únicamente de la calidad visual de los escenarios, sino de la capacidad del juego para generar una sensación constante de inquietud. Desde el primer paso que damos en la selva, la impresión es la de estar entrando en un lugar que no quiere que estemos allí.
La dirección artística acierta al alejarse de los clichés habituales del terror. No abusa de los sobresaltos fáciles ni necesita llenar la pantalla de monstruos constantemente para mantener la tensión. La vegetación es densa, las ruinas aparecen medio engullidas por la naturaleza y la iluminación juega continuamente con sombras, niebla y zonas donde nunca terminas de saber qué estás viendo realmente. Todo transmite la sensación de estar explorando un territorio hostil e inexplorado.
Otro aspecto que me ha gustado especialmente es la variedad de los diseños enemigos. Sin caer en excesos, el juego consigue ofrecer un bestiario suficientemente diverso para que cada encuentro resulte diferente, mezclando criaturas de aspecto humanoide con otras mucho más grotescas y cercanas al imaginario lovecraftiano. Hay zombis, ahogados, seres que se desplazan a cuatro patas, enormes insectos, ciempiés gigantes y otras aberraciones cuya apariencia contribuye a reforzar esa sensación de estar enfrentándonos a algo completamente antinatural. Todos ellos presentan un diseño coherente con la propuesta visual del juego, sin desentonar en ningún momento con los escenarios que recorremos.
Ah, también hay «aliens» que abducen a los jugadores y los teletransportan a otras partes del mapa. No hay información sobre ellos, y solo la experiencia te dice qué hacer; por ejemplo, con este que os mostramos, si le atacas directamente se te romperán las armas. Tienes que esperar a que abduzca a un compañero y, tras soltarle, le saldrá una luz verde en la espalda. En ese momento debes atacarle hasta que… bueno, hasta que se convierte en un árbol y te deja con dos palmos de narices.
También merece una mención el excelente trabajo realizado con la paleta de colores y los efectos visuales. Predominan los tonos apagados, los verdes oscuros y los marrones propios de una selva húmeda y decadente, mientras que la iluminación se reserva para destacar elementos concretos y dirigir la mirada del jugador sin resultar artificial.
A ello se suman multitud de pequeños detalles ambientales, como la vegetación invadiendo construcciones antiguas, estatuas erosionadas, templos olvidados o caminos prácticamente devorados por la naturaleza. Todo ello consigue que el mundo de The Mound: Omen of Cthulhu tenga una personalidad muy marcada y que, incluso cuando no sucede absolutamente nada, la simple exploración resulte inquietante y mantenga esa constante sensación de que algo terrible está a punto de ocurrir.
Gráficos y rendimiento: un apartado técnico sólido con margen para pulir algunos detalles
En el plano técnico, The Mound: Omen of Cthulhu me ha dejado una impresión bastante positiva. Como comentaba anteriormente, no estamos ante uno de esos juegos que buscan convertirse en el nuevo referente gráfico de Unreal Engine, pero sí ofrece un nivel visual más que notable, con escenarios muy detallados, una vegetación abundante y efectos de iluminación que contribuyen enormemente a crear esa atmósfera opresiva que busca transmitir. En conjunto, es un juego que entra por los ojos y cuya calidad gráfica acompaña muy bien a la propuesta artística.
Para realizar este análisis lo he jugado en un equipo equipado con un AMD Ryzen 7 9800X3D, 32 GB de memoria RAM y una NVIDIA GeForce RTX 5080, utilizando un monitor ultrapanorámico con resolución 3440 × 1440 píxeles. La configuración gráfica se ha mantenido al máximo en todos los apartados, con DLSS en modo Balanceado, y el rendimiento ha sido excelente durante toda la experiencia.
En estas condiciones, el juego se ha movido habitualmente entre 220 y 240 FPS, manteniendo una gran estabilidad incluso en los momentos con mayor carga gráfica. Además, da la sensación de tratarse de un título claramente limitado por la GPU más que por el procesador. Mientras la RTX 5080 se mantiene prácticamente todo el tiempo por encima del 80 % de utilización, el Ryzen 7 9800X3D rara vez supera el 45 % de carga, dejando claro que todavía existe bastante margen por parte de la CPU. Eso sí, el consumo de memoria gráfica no es precisamente bajo: durante las partidas he registrado un uso cercano a los 10 GB de VRAM, una cifra perfectamente asumible para una tarjeta de gama alta actual, pero que conviene tener en cuenta para quienes dispongan de modelos con menos memoria.
Mi única recomendación antes de empezar a jugar es dedicar un par de minutos a revisar las opciones gráficas. De serie, el juego activa efectos como el Bloom, el desenfoque de movimiento, el movimiento de cámara o el temblor de la cámara, que personalmente me han resultado bastante excesivos y, en algunos momentos, incluso molestos. Desactivarlos no solo mejora la claridad de la imagen, sino que hace que la exploración resulte mucho más cómoda sin perder un ápice de la atmósfera que caracteriza a The Mound: Omen of Cthulhu.
Banda sonora y audio: una ambientación acústica que multiplica la tensión
Si hay un apartado que me ha sorprendido incluso más de lo que esperaba es el sonoro. The Mound: Omen of Cthulhu entiende perfectamente que el terror no depende únicamente de lo que vemos en pantalla, sino también de lo que escuchamos… o creemos escuchar. Desde los primeros minutos queda claro que el juego apuesta por construir la tensión a través del sonido ambiente mucho más que mediante una banda sonora constante, y el resultado funciona francamente bien.
La música aparece únicamente cuando debe hacerlo, sin invadir la experiencia. La mayor parte del tiempo son los propios escenarios los que llevan el peso de la ambientación: el viento moviendo la vegetación, ramas crujiendo, pasos sobre la tierra húmeda, criaturas que emiten sonidos a lo lejos sin que sepamos exactamente dónde se encuentran o ruidos que nos hacen dudar de si realmente hay algo acechándonos. Todo ello consigue que incluso los momentos de aparente calma resulten inquietantes, manteniendo una tensión constante durante toda la expedición.
Sin embargo, donde el diseño de sonido alcanza otro nivel es en el juego cooperativo. Mi recomendación es muy clara: si vais a jugar con amigos, olvidad Discord y utilizad exclusivamente el chat de voz integrado. Es una decisión que cambia completamente la experiencia. La comunicación depende de la distancia entre los jugadores, de manera que si alguien se aleja demasiado dejará de escuchar al resto y viceversa. Además, cuando un compañero muere deja automáticamente de poder hablar, obligando al grupo a interpretar lo que ha ocurrido sin recibir ninguna explicación. Incluso existen pequeñas interacciones, como un silbido para intentar localizar a otros miembros del equipo o llamar al carro, que contribuyen a reforzar todavía más la inmersión.
Este sistema hace que la sensación de aislamiento sea mucho mayor y que las situaciones de pánico surjan de forma completamente natural. No es raro separarse unos metros del grupo, dejar de escuchar sus voces y comenzar a preguntarse si realmente siguen ahí o si lo que acabamos de ver entre la maleza era un enemigo… o uno de nuestros propios compañeros. Son detalles que podrían parecer menores, pero que terminan marcando una enorme diferencia en la experiencia de juego.
En definitiva, el apartado sonoro es uno de los grandes responsables de que The Mound: Omen of Cthulhu consiga mantener la tensión durante tantas horas. No necesita recurrir continuamente a golpes de efecto ni a una música estridente para inquietar al jugador; le basta con un excelente trabajo de ambientación y con un sistema de comunicación integrado que convierte algo tan cotidiano como hablar con nuestros compañeros en una mecánica más del propio juego. Es, sin duda, uno de los aspectos que más recomendaría experimentar tal y como lo concibieron sus desarrolladores.
Precio: una propuesta con una relación calidad-precio muy acertada
The Mound: Omen of Cthulhu está disponible por 29,99 euros en su edición digital y 39,99€ en su edición física (PS5 y Xbox), un precio que, después de haberle dedicado alrededor de veinte horas (y las que me quedan), me parece bastante acertado. No pretende competir con los grandes lanzamientos AAA ni ofrecer una campaña de decenas de horas repleta de contenido narrativo, sino una experiencia cooperativa muy bien planteada que encuentra su fuerza en la rejugabilidad y en las situaciones que surgen al jugar con amigos.
Es cierto que probablemente no sea uno de esos títulos a los que vayas a dedicar cientos de horas seguidas. De hecho, creo que funciona mejor como ese juego al que recurres varias noches a la semana para echar un par de expediciones con tu grupo habitual que como una experiencia para devorar durante un mes entero. Sin embargo, precisamente ahí reside parte de su encanto: siempre deja con ganas de una partida más sin llegar a hacerse pesado.
Teniendo en cuenta la calidad de su ambientación, lo originales que resultan muchas de sus mecánicas, el buen estado técnico en el que llega y el entretenimiento que ofrece en cooperativo, considero que esos 29,99 euros están más que justificados. No me habría parecido descabellado verlo incluso unos euros por encima, por lo que, si os atrae el terror cooperativo y tenéis un grupo de amigos con el que jugar, me parece una compra fácil de recomendar a su precio actual.
Cierto es que también tiene una edición Deluxe por 10 euros más que incluye dos personajes jugables extra, la banda sonora digital y un pack con cuatro aspectos para el equipo (un cuchillo, una linterna de aceite, un mosquete y un rifle de mecha).
Conclusión: un cooperativo tan original como recomendable para los amantes del terror
The Mound: Omen of Cthulhu ha sido una sorpresa muy agradable. En un género cada vez más saturado de propuestas cooperativas, ACE Team consigue diferenciarse apostando por algo tan poco habitual como trasladar la locura lovecraftiana a la propia jugabilidad. No se limita a utilizar el universo de Cthulhu como un simple reclamo estético, sino que consigue que la paranoia, la desconfianza y la pérdida de la cordura formen parte de la experiencia de una manera muy natural.
Es cierto que tiene aspectos mejorables. La historia cumple sin más, la gestión del inventario podría ser bastante más cómoda y todavía existen algunos pequeños fallos, como las escaleras o el combate cuerpo a cuerpo contra determinados enemigos, que agradecerían un pulido adicional. Ninguno de ellos, sin embargo, llega a empañar una experiencia que destaca por su enorme capacidad para generar situaciones imprevisibles y memorables junto a otros jugadores.
Mención especial merece su ambientación. La combinación entre una excelente dirección artística, un apartado sonoro sobresaliente y un sistema de comunicación por proximidad que recomiendo utilizar desde la primera partida consigue una inmersión que pocos cooperativos actuales ofrecen. Es uno de esos juegos que demuestra que no hacen falta grandes cinemáticas ni un presupuesto millonario para mantener al jugador en tensión durante horas.
Después de unas veinte horas de juego, la sensación con la que me quedo es muy positiva. No creo que sea un título pensado para convertirse en vuestro juego principal durante meses, pero sí uno al que resulta muy fácil volver una y otra vez para compartir unas cuantas expediciones con amigos. Nosotros lo hemos estado jugando prácticamente todas las noches durante una semana y, lejos de cansarnos, ya estamos planeando cuándo será la siguiente partida. Lo que sí es cierto es lo dicho ya antes: después de dos o tres expediciones seguidas, normalmente no tienes ya ganas de echar otra más porque es un poco «más de lo mismo»: ir a la jungla, recolectar tesoros, meterlos en el carro mientras peleas o huyes de horrores, y vuelta al galeón.
En definitiva, si os gustan los juegos cooperativos de terror y tenéis un grupo de tres amigos con los que compartir la aventura, The Mound: Omen of Cthulhu es una propuesta muy recomendable. Tiene personalidad propia, ideas realmente originales y una ambientación que consigue captar la esencia del horror cósmico mejor que muchas adaptaciones mucho más ambiciosas. Por 29,99 euros, ofrece una relación calidad-precio difícil de discutir y se convierte en una compra que, al menos en mi caso, no me ha decepcionado en absoluto.

