La industria del videojuego es especialmente cambiante en estos tiempos. Los juegos triple A parecen haber tocado un techo de rentabilidad, y las reestructuraciones internas juegan malas pasadas a los trabajadores y al desarrollo de juegos. Ubisoft es una de las más afectadas en este aspecto. La gestión de la compañía francesa ha caído en picado jugable y económicamente en estos últimos años. Lo que ha provocado que, finalmente, haya decidido cerrar su saga de Watchdogs.
Todo comenzó en 2014 con la gran promesa que rivalizaría con los gigantes del mundo abierto: Watch Dogs. Una franquicia cuyo desarrollo alcanzó su cenit con la llegada de Watch Dogs 2, y cuyo tibio recibimiento con «Legion» puso en entredicho su continuidad. Ahora, fuentes cercanas a la compañía francesa han indicado que la marca está «completamente muerta». Sin planes de nuevos lanzamientos, remakes o cualquier tipo de expansión a corto o lazo plazo.
Una decisión que forma parte de la estrategia de «ahorro y reenfoque» de sus propiedades intelecuales más rentables: Assassin’s Creed, Far Cry y Rainbow Six. Por lo que, desgraciadamente para los jugones más hackers, la vigilancia digital de la saga de Ubisoft parece llegar a su fin.
El declive de Ubisoft y del juego de «hackers»
El destino de Watch Dogs comenzó a ponerse en entredicho tras la recepción de Watch Dogs: Legion. Es cierto que su última entrega introdujo mecánicas innovadoras, como la posibilidad de jugar con cualquier ciudadano de Londres. Pero el título no logró conectar con la audiencia como sí hicieron el primer y el segundo juego. La falta de un protagonista carismático y una narrativa excesivamente fragmentada hizo que las ventas no cumplieran con lo esperado por la compañía francesa. Por lo que, inmersa en una crisis sin precedentes en su historia, Ubisoft ha decidido que no puede mantener sagas que no le garanticen un retorno de beneficios. Jaque mate a su saga de hackers.
Además, el mercado actualmente está repleto de experiencias muy completas en el género del «hacking». Por lo que ha sido la gota que ha colmado el vaso para que Ubisoft la deje de lado. La cancelación de Watch Dogs permite a la compañía gala desviar todo el talento y los recursos hacia proyectos más beneficiosos, como las nuevas entregas de sus franquicias más exitosas. Una maniobra pragmática, pero triste, que deja en el aire muchas de las ideas originales que tocaba Watch Dogs, como el control gubernamental o la privacidad que la saga intentó sacar a la luz estaba pasada década.
Un legado de hackeo y distopías
A pesar de su cancelación, Watch Dogs sí ha conseguido dejar algo imborrable: un legado que no se le puede negar en el diseño de ciudades. La recreación de Chicago en la primera entrega fue notable, y de iugal manera ocurrió con San Francisco y Londres en sus siguientes títulos. La posibilidad de hackear semáforos, cámaras o móviles aportaban un control sobre el escenario que pocos juegos han conseguido replicar con tanto acierto. Por lo que, para los fans, siempre quedará el recuerdo de Aiden Pearce o Marcus Holloway como un icono de la resistencia digital. Una resistencia que, al menos por ahora, se ha desconectado del servidor principal de Ubisoft.
La muerte de Watch Dogs es un recordatorio de que las grandes sagas de videojuegos también pueden pasar por la guillotina, por muy buena fama que haya conseguido labrarse. Si un título no logra generar los beneficios esperados, da igual cuán buena sea su calidad. La industria gaming, como cualquier otra, se basa en las ganancias. Y ellas no distinguen amigos de enemigos. La vigilancia ha terminado.
