Recuerdo perfectamente cómo era ser un niño y soñar con tener dinero para comprar videojuegos. No llegaba a todo, claro. Mis padres me regalaban alguno en mi cumpleaños o en Navidad, y el resto tocaba esperar. Pero esa espera tenía algo bueno: el tiempo jugaba a tu favor. Las consolas acababan bajando de precio, los juegos terminaban costando la mitad y, si eras paciente, podías disfrutar de la misma experiencia pagando mucho menos dinero. Hoy en día, todo esto es al revés.
Durante muchos años esa fue una de las reglas más sencillas del mercado del videojuego. Comprar el día del lanzamiento era un capricho, y esperar era la decisión inteligente. Nadie te castigaba por hacerlo, sino más bien al contrario, la industria parecía premiar la paciencia. Hoy, sin embargo, tengo la sensación de que esa norma ha desaparecido por completo: si no compras el día 1, te comes spoilers por doquier. Y si esperas demasiado, te cierran los servidores y ya no puedes ni jugar.
Este quizá ha sido uno de los cambios más silenciosos pero más preocupantes que ha vivido este sector.
Hoy el premio es para quien gasta más, no para quien tiene paciencia
Creo que el momento en el que me di cuenta de que algo había cambiado fue cuando PlayStation decidió subir el precio de la PS5 casi seis años después de su lanzamiento. Me costó asumirlo porque rompía con la lógica que llevaba décadas funcionando; las consolas siempre bajaban de precio conforme maduraba la generación. Era algo casi inevitable: los costes de fabricación bajaban, aparecían revisiones más eficientes o modelos Pro, y el consumidor paciente acababa saliendo beneficiado. Pero esta vez ha ocurrido justo lo contrario.
Poco después Microsoft hizo lo mismo con Xbox. Ya no era una decisión aislada: la industria había cambiado, era una nueva forma de entender el mercado. Esperar ya no significaba ahorrar.
Lo preocupante es que este fenómeno no afecta solo a las consolas, sino también a los videojuegos. Durante años aceptamos que 60 euros era el precio habitual para un gran lanzamiento. Después llegaron los 70, luego los 80. Y ahora empezamos a escuchar cifras cercanas a los 100 euros con una naturalidad que, sinceramente, me sigue sorprendiendo.
Y por si eso fuera poco, la industria ha encontrado otra manera de premiar al que más paga: vender acceso anticipado como si fuera un lujo.
No me malinterpretéis. Entiendo perfectamente que existan ediciones de coleccionista con figuras, libros de arte o bandas sonoras. Siempre han existido. Quien quiera gastar más dinero en tener un producto físico de mayor valor, perfecto. Pero lo que me cuesta aceptar es otra cosa muy diferente: que un juego tenga una fecha de lanzamiento oficial, pero que en realidad puedas jugar 3, 4 o 5 días antes si pagas un extra a la hora de comprarlo. Es absurdo.
Porque, seamos sinceros, ese «acceso anticipado» no es un simple extra, es una estrategia de marketing pura y dura. En la era de YouTube, Twitch y las redes sociales, esos días marcan la diferencia entre descubrir un juego por ti mismo o tragarte medio argumento en miniaturas, vídeos y recomendaciones del algoritmo. Spoilers, vamos. Al final acabas pagando más no porque quieras una edición especial, sino porque no quieres que te revienten la experiencia.
Y eso, para mí, ya no es un incentivo. Es una penalización disfrazada de ventaja.
Tengo más dinero que cuando era niño… pero siento que puedo comprar menos
En otro orden de cosas, hay algo que me resulta especialmente paradójico: cuando tenía once o doce años soñaba con ser adulto para poder comprar todos los videojuegos que quisiera. Hoy soy ese adulto. Tengo mucho más dinero y, sin embargo, la sensación es exactamente la contraria: cada año puedo permitirme menos videojuegos.
Y no es solo porque suban de precio las consolas, no. También suben las suscripciones, las tarjetas gráficas, los SSD, la memoria RAM y, prácticamente, cualquier componente relacionado con el gaming. Sé perfectamente que detrás de estas subidas hay inflación, costes logísticos, componentes más caros, aranceles y una larga lista de factores económicos. No soy ajeno a la realidad, pero yo también soy un cliente. Y como cliente, me cuesta aceptar que prácticamente todos esos sobrecostes acaben trasladándose siempre al mismo sitio: mi cartera.
Lo más frustrante de todo es que, además, muchas veces pagamos más por productos que llegan en peores condiciones. Juegos repletos de errores, parches de decenas de GB el primer día, discos que apenas contienen datos y todo tienes que descargarlo, key cards que convierten el formato físico en una caja con un código de descarga y lanzamientos que parecen necesitar varios meses extra para alcanzar el estado en el que deberían haber salido desde el principio.
No digo que esta generación esté siendo mala. Hemos disfrutado de auténticas obras maestras y el nivel técnico de muchos juegos es impresionante. Pero sí que creo que ha sido la generación en la que la industria ha empezado a normalizar comportamientos que hace diez años nos habrían parecido impensables.
Y quizá lo que más me preocupa no es que todo sea más caro. Lo que realmente me preocupa es que parece que hemos dejado de sorprendernos.
Hemos asumido que las consolas pueden subir de precio seis años después de su lanzamiento. Hemos aceptado que un videojuego de 90 euros sea normal. Hemos interiorizado que, si quieres jugar el día del lanzamiento de verdad, probablemente tengas que pagar más para adquirir una edición más cara. Hemos convertido en rutina recibir juegos inacabados que terminarán de arreglarse durante los meses siguientes.
Puede que todo esto tenga una explicación económica. Seguramente la tenga. Pero echo de menos aquella industria que, al menos, hacía sentir al jugador que esperar tenía recompensa. Hoy tengo la impresión de que es justo al contrario: cuanto más paciente eres, menos ventajas obtienes. Y eso es algo que nunca pensé que diría después de más de 30 años dedicándome a este hobby.
