Los mejores consejos para ahorrarnos problemas con nuestros dispositivos USB-C

El USB C está comenzando a popularizarse ya entre muchos dispositivos electrónicos. Así como componentes de hardware como las placas base, las cajas de ordenador o las tarjetas gráficas. En los portátiles, es un tipo de puerto que se ha estandarizado ya desde hace tiempo. Pero hay una serie de aspectos sobre este conector que debemos de tener en cuenta y que muchos usuarios pueden desconocer. Y que, ignorarlos, podrían traer consecuencias graves para nuestros dispositivos.

La facilidad de conexión que aporta el USB C, frente a los tradicionales tipos A, B, mini USB y micro USB, es una gran ventaja de cara a los usuarios. No tener que estar intentando acertar si colocamos el conector en la orientación correcta, va a ser siempre un plus a nuestros ojos.

Y, aun así, probablemente por su «novedad» entre los usuarios, hay consideraciones a tener en cuenta con este tipo de conector.

El cable equivocado puede freír tu dispositivo

Este es un aspecto que muchos usuarios desconocen. Y es un problema que suele afectar a los cables que, en un extremo tienen un conector USB C y, en el otro, un USB A. El problema deriva en que el USB C tiene capacidad para suministrar bastante más potencia a través del cable que el USB A.

Si el cable que usamos es de buena calidad, tendrá resistencias internas que evitarán cualquier tipo de problema con nuestros dispositivos. Pero, si el cable es uno barato y de mala calidad, el incremento de potencia que viaje por el cable puede dañar lo que tengamos conectado. Ya sea un smartphone, una tableta, el propio puerto USB C de la placa base. O incluso, si tenemos muy mala suerte, nuestro propio ordenador.

No todos los conectores USB C son iguales

Este problema deriva de las múltiples posibilidades que puede ofrecer el conector USB C. Pero dichas posibilidades pueden estar o no soportadas por nuestro cable.

A este respecto, hay que tener en cuenta que muchos de los cables USB C que hay en el mercado, en realidad funcionan como si fueran un USB A. Porque se han desarrollado, principalmente, para la alimentación de dispositivos. Pero, si quisiéramos usar ese mismo cable para, por ejemplo, sacar imagen de un portátil o de una tarjeta gráfica, con toda probabilidad no sería capaz.

Pero, por otro lado, antes deberemos de saber cuáles son los modos alternativos que soporta el USB C de nuestro dispositivo. Puede ser que soporte HDMI o MHL como alternativos. O DisplayPort. O Thunderbolt 3. Es decir, es tarea del usuario asegurarse que las conexiones que quiere hacer están soportadas, tanto por el cable de datos, como por el conector del dispositivo.

No todos los dongles son capaces de cumplir bien su función

Este problema afecta principalmente a los usuarios de portátiles que solo tienen uno o dos puertos USB C en su chasis. Dado que la mayoría de nuestros periféricos usan conectores USB A, tarde o temprano nos veremos obligados a comprar un dongle. Además, es en estos dongles donde podremos encontrar otros puertos, como el RJ45, si queremos usar nuestro portátil conectado por cable, en lugar de WiFI.

Pero, puede producirse el caso que conectemos muchos periféricos que acaben saturando el ancho de banda que tiene disponible el propio puerto de nuestro portátil. Especialmente si este es USB 3.0 o 3.1. Si en estos puertos conectamos, por ejemplo, una tarjeta de red Gigabit, con un pendrive e intentamos sacar señal de vídeo a un segundo monitor, es bastante posible que saturemos el puerto en cuestión. Por tanto, deberemos de ser muy conscientes de lo que estamos conectando en el dongle. Para no encontrarnos con situaciones en los que nuestros periféricos no son capaces de rendir lo que podrían.