Las tecnologías SLI y CrossFire prometían duplicar la potencia gráfica conectando dos, tres o incluso cuatro tarjetas en un mismo PC. Esto, en la teoría, era una de las mejoras más importantes para los gamers, ya que les ofrecían muchísimas posibilidades de escalar sus equipos.
Sin embargo, en la práctica, se convirtió en una decepción, ya que no funcionaba como realmente se creía. Es verdad que en cierto tipo de tareas o juegos, se notaba, y tener dos o más GPUs ayudaba a que todo fuese mejor, pero no a nivel general, ni en todos los títulos.
Por qué no funcionó SLI y CrossFire
El principal problema de SLI y CrossFire es que dependían demasiado de cómo estaba hecho cada juego. No era algo que funcionase automáticamente por tener dos tarjetas gráficas instaladas. Para que el rendimiento realmente mejorase, el juego tenía que estar preparado para aprovechar ese sistema, y eso no siempre ocurría, ya que los desarrolladores tenían que tener esto en cuenta.
En muchos casos, el escalado era irregular. Podías ganar un 80% más de rendimiento en un juego concreto, pero en otro apenas notabas diferencia, o incluso ibas peor. Esto se debía a que las GPUs tenían que dividir el trabajo, y no siempre lo hacían de forma eficiente. A veces una tarjeta quedaba esperando a la otra, generando cuellos de botella internos.
Otro problema bastante conocido era el microstuttering, una especie de tirones pequeños pero constantes que hacían que la experiencia no fuese fluida, aunque los FPS fueran altos. Sobre el papel todo parecía ir bien, pero al jugar se notaba raro, como si algo no terminase de encajar.
Además, el soporte por parte de los desarrolladores fue disminuyendo con el tiempo. Optimizar un juego para multi-GPU requería esfuerzo extra, y cada vez menos estudios estaban dispuestos a invertir tiempo en algo que solo utilizaba una minoría de usuarios. Al final, la mayoría de juegos modernos simplemente dejaron de incluir perfiles específicos para SLI o CrossFire, ya que las gráficas cada vez eran mejores, y tener solo 1 comenzaba a ser rentable.
También hay que tener en cuenta el coste y el consumo. Comprar dos tarjetas gráficas no era precisamente barato, y el consumo energético se disparaba. Más calor, más ruido, y la necesidad de una fuente de alimentación más potente. Para muchos usuarios, no compensaba frente a comprar una sola GPU más potente, las cuales, como decíamos, se empezaban a ver.
Con la llegada de nuevas tecnologías y arquitecturas más eficientes, todo esto cambió. Las tarjetas gráficas empezaron a ofrecer saltos de rendimiento mucho mayores por sí solas, y el multi-GPU perdió sentido, al menos a nivel de usuario. Hoy en día, sigue existiendo en entornos profesionales, pero en gaming prácticamente ha desaparecido.
En resumen, la idea era buena, pero dependía de demasiados factores externos. Y cuando algo no es consistente, termina perdiendo interés, sobre todo si la tecnología avanza, y te das cuenta de que no necesitas ese tipo de «trucos» para que algo funcione correctamente, y que con una sola tarjeta todo iba bien, saliendo más barato que comprar varias peores.
