Es posible que alguna vez te lo hayas preguntado. Y es que, sobre todo en verano, el procesador alcanza temperaturas muy altas, y podría incluso llegar a quemarnos si nos pusiéramos en contacto directo con este componente, por lo que puede ser peligroso.
En el día de hoy, veremos qué ocurre dentro del procesador cuando supera los 95 grados, una temperatura con la que podríamos llegar a freír un huevo, por lo que es muy curioso que no le ocurra nada al propio hardware, y que no se estropee, aunque ahí está la cuestión de todo.
Qué ocurre si el procesador llega a 95 grados
En verdad, llegar a 95°C no significa que el procesador esté a punto de romperse (aunque para nosotros sea una temperatura muy alta). De hecho, los fabricantes ya cuentan con que, en determinados momentos, el chip pueda alcanzar temperaturas muy elevadas. Esto suele pasar cuando estamos jugando, editando vídeo o ejecutando cualquier tarea que obliga al procesador a trabajar al 100% (sobre todo si la temperatura ambiente ya es alta).
Antes de que el calor pueda convertirse en un problema, el propio procesador toma medidas. La más conocida es el thermal throttling, un sistema de seguridad que reduce automáticamente la velocidad a la que trabaja el chip. Al hacerlo, también disminuye el consumo y genera menos calor, evitando que la temperatura siga subiendo.
Es algo que muchos usuarios han sufrido sin saberlo. Por ejemplo, cuando un juego empieza a ir con menos FPS después de un rato o un programa tarda más en responder, no siempre es culpa del software. En muchos casos es el procesador el que ha decidido bajar el ritmo durante unos minutos para mantenerse dentro de unos márgenes seguros, ya que, de seguir, podría aguantar solo unos segundos antes de apagarse de repente, lo que no nos serviría de nada..
Si ni siquiera con esa reducción de rendimiento consigue enfriarse, todavía queda una última barrera. Cuando alcanza la temperatura máxima que ha fijado el fabricante, el ordenador puede apagarse de golpe. Aunque parezca un fallo, en realidad es otra medida de protección para evitar daños en el hardware, la cual evita a toda costa, como ya dijimos, pero que no siempre es posible.
Por eso, ver picos de 90 o 95 grados de forma puntual no suele ser motivo de preocupación. Lo que sí debería hacernos sospechar es que esas temperaturas se mantengan durante mucho tiempo o aparezcan incluso cuando apenas estamos haciendo nada. En ese caso, probablemente haya algún problema con la refrigeración: un disipador lleno de polvo, ventiladores que no giran correctamente o una pasta térmica que ya no hace bien su trabajo.
En resumen, es bastante difícil «quemar» un procesador por temperatura. Antes de llegar a ese punto, el propio chip habrá reducido su rendimiento e incluso apagado el equipo si fuera necesario. Lo normal es que el primer síntoma no sea un componente averiado, sino un ordenador que empieza a rendir menos hasta que consigue volver a una temperatura más razonable. ¿Preocupante? Sí, pero tu procesador no debería morir, ya que cuenta con esos sistemas de seguridad, aunque deberíamos revisar qué ocurre si eso llega a activarse.
