Los sistemas de refrigeración líquida son el estándar más usual cuando queremos que nuestro PC tenga la mejor refrigeración posible. Pero en muchas ocasiones, hemos de saber diferenciar entre la realidad de este componente y el simple «postureo» que muchos conllevan.
Normalmente, los usuarios caen ante la tentativa de promesas de temperaturas prácticamente árticas, unidas al silencio absoluto que prometen. Pero también hemos de ceñirnos a una verdad: la brecha de rendimiento entre los disipadores de aire de alta gama y la refrigeración líquida es mucho más estrecha de lo que nos quieren hacer creer.
Por lo tanto, la elección entre un sistema u otro no debería basarse tan solo en la apariencia. Es más importante saber qué necesita nuestro procesador y el flujo que aire que puede contener nuestra torre. Así no malgastaremos presupuesto en opciones excesivamente grandes que aporten poco calor a la hora de la verdad.
Por ello, en esta guía, vamos a intentar arrojar un poco de luz sobre los conceptos más importantes y hacia los riesgos que uno u otro método puede conllevar.
Cuándo importa la refrigeración líquida
El principal argumento a favor de una refrigeración líquida es su capacidad para gestionar los picos términos de manera más gradual. Es importante saber que el agua tiene una capacidad calorífica bastante superior al aire. Esto significa que el sistema tarda más en calentarse. Y, por lo tanto, los ventiladores no necesitan subir de revoluciones rápidamente.
Esto quiere decir una cosa fundamental: la curva de ruido es más estable. No tenemos esos molestos «acelerones» que podemos ver en disipadores de aire cuando abrimos un juego que requieren de muchísima carga de CPU o GPU. También hemos de saber que en torres de formato pequeño -de nomenclatura ITX-, la líquida puede mover el calor hacia el exterior rápidamente gracias al radiador. Por lo que el aire caliente no se va a acumular en otros componentes como la RAM o la placa base.
Otra de las grandes verdades con respecto a este sistema es el espacio alrededor del socket. Los disipadores de aire de alto rendimiento suelen ser bloques relativamente grandes, que pueden chocar con módulos de memoria RAM o incluso dificultar el montaje del primer slot PCIe. En este caso, la refrigeración líquida libera suculentamente esa zona. Por lo que mejora no solo a nivel estético, sino también la corriente de aire dentro de la propia caja. Es más, en configuraciones donde activemos overclocking, donde se busca exprimir cada megahercio del silicio, la superficie de disipación de un radiador de 360 o 420 mm no tiene rival en cuanto a los sistemas de aire. Por lo que nos permite trabajar a frecuencias más altas durante un tiempo mucho más prolongado.
Expectativas infladas de la refrigeración líquida
Uno de los mitos más persistentes -y falsos- de la refrigeración líquida es su silencio por defecto. Hay que saber distinguir aquí, porque es una verdad a medias. Aunque los ventiladores pueden girar más lento, un sistema líquido añade un componente mecánico extra con que no cuenta la refrigeración de aire: la bomba. Si tenemos un entorno muy silencioso, podemos escuchar un zumbido eléctrico o un burbujeo que proviene de la bomba. Algo que puede ser más perceptible que un ventilador de alta calidad.
También encontramos la idea de que la líquida enfría más de manera absoluta es algo engañosa. Un disipador de aire de alta gama, como pueden ser los de doble torre, igualan o superan el rendimiento de kits líquidos de 120 o 240 mm económicos. Con la ventaja de que solo puede tener un punto de fallo único (el ventilador) frente a los varios riesgos de una líquida: bombas, fugas, evaporación, corrosión…
