Frecuencia base y turbo: ¿cómo influyen en el rendimiento de los componentes?

Escrito por Juan Diego de Usera

Cuando vamos a comprar un procesador o una tarjeta gráfica, es habitual ver que se nos dan dos frecuencias: una frecuencia base y una frecuencia boost. Pero ¿qué significan estas dos frecuencias y qué utilidad pueden tener para los usuarios? En este tutorial os explicaremos la historia de cada una de ellas y cuál es más representativa del rendimiento final.

Antes de hablar de lo que es la frecuencia base y la frecuencia boost, queremos hacer un poco de historia y hablar de los padres de estas tecnologías: el Intel Enhanced SpeedStep y el AMD Cool’n’Quiet. Ambas tecnologías se basan en el mismo principio, que es el de relajar las frecuencias y el Vcore que necesita el procesador para funcionar cuando a este no se le está exigiendo una carga de trabajo alta en exceso. Estas tecnologías tienen el beneficio de permitir ahorrar en el consumo de potencia eléctrica dentro de nuestra casa y reducir las temperaturas de funcionamiento de los componentes.

Hasta la llegada de estas tecnologías, los procesadores tenían la frecuencia y el Vcore en su máximo valor, independientemente de si se estaba viendo un vídeo o se estaba jugando a un juego muy exigente. Con el tiempo, tecnologías similares se implementaron también en las GPU de las tarjetas gráficas. En este caso, quizás fuera todavía más importante, porque las tarjetas gráficas generalmente (y especialmente cuando hablamos de los modelos de gama alta) suelen consumir mucha potencia eléctrica.

Con la implantación de éstas y otras muchas tecnologías se comenzó a caminar en la senda de la eficiencia energética de los componentes electrónicos, un factor realmente importante hoy en día a la hora de diseñarlos.

El uso de la frecuencia base o turbo se decide en función del consumo de potencia

En general, la frecuencia base de un componente es la frecuencia normal a la que siempre va a funcionar en función de lo que la carga de trabajo que le pidamos a los núcleos y del número de núcleos que estén realizando el trabajo. A mayor número de núcleos envueltos en ello, mayor potencia consumida por el componente y, por tanto, más posibilidad de que se active el límite de consumo que tienen programados los procesadores hoy en día en su interior.

Sin embargo, si una carga de trabajo no estresa tanto el procesador, y este no llega a su límite de consumo, el procesador puede optar por proporcionar un extra de velocidad para uno o dos núcleos (o incluso más, en el caso del XFR de AMD). A este extra de frecuencia es a lo que se denomina “frecuencia Boost“. Es, por tanto, una especie de auto overclock que se hace el componente a sí mismo, si se ve capacitado para ello por los límites internos que le ha programado el fabricante.

Por supuesto, este tipo de overclock no dará nunca un resultado superior a un “auténtico” overclock, donde se sube de frecuencia todos los núcleos de manera simultánea, pero sí proporciona un incremento sensible de rendimiento en tareas que no requieren el empleo de muchos núcleos y, sobre todo, no trae aparejado el incremento de consumo (y de la temperatura de funcionamiento de los componentes) que siempre va asociado al overclock de todos ellos.

Cierto también es que estos límites permiten ser variados por algunos los fabricantes de placas base o de tarjetas gráficas, lo que permite que sean más los núcleos que obtengan ese plus de frecuencia y / o que ese extra sea mayor. Pero eso ya requiere que el usuario entre dentro del BIOS de la placa base o del driver de la tarjeta gráfica y varíe los correspondientes parámetros para poder disfrutar de sus beneficios.

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