En los últimos años, el mercado de las consolas portátiles ha sido testigo de una auténtica revolución; el avance de las arquitecturas de bajo consumo junto a procesos de fabricación más eficientes y la creciente tendencia del mercado de poder jugar en cualquier parte han provocado un «boom» en este tipo de dispositivos. Sin embargo, esta carrera por ofrecer dispositivos cada vez más potentes en dispositivos portátiles está mostrando su cara más complicada: la gestión térmica y la autonomía de batería. En este artículo vamos a analizarlo con detalle.
Esto es algo bien conocido por todos los aficionados al hardware: la potencia de los dispositivos viene asociada a una mayor generación de calor y a un mayor consumo de energía. Esto choca de forma frontal con lo que buscamos en una consola portátil: queremos que los juegos funcionen bien, pero también es necesario que la batería nos permita jugar durante varias horas sin preocupaciones, y que el dispositivo no se caliente porque eso hace incómodo su uso y además puede provocar efectos como el thermal throttling.
¿Hasta dónde puede llegar la potencia en una consola portátil?
El ejemplo más claro lo vemos en la actual generación de consolas portátiles basadas en arquitectura x86, como las de Valve, ASUS, Lenovo o Ayaneo, que utilizan APUs similares a las de un portátil ultrafino pero en un formato todavía más compacto y con todo integrado. Estos dispositivos pretenden ofrecer una buena experiencia de juego incluso en títulos triple A, y aunque en muchos casos lo hacen esta hazaña suele traer de la mano algunos problemas, como el ruido que hacen sus ventiladores, lo poco que dura su batería o un thermal throttling que limita el rendimiento.
No es una casualidad que muchos fabricantes ofrezcan una solución alternativa: los dock. Con estos dispositivos, la consola portátil pierde sus propiedades de «portátil» per se, pero como está directamente enchufada a la corriente no tiene problemas de batería y, de hecho, suelen tener un perfil de rendimiento superior cuando están conectadas a un dock, entregando más rendimiento a costa de mayor calor y más consumo.
El consumo estando en un dock no es un problema, y el hecho de que muchos dock cuenten con refrigeración activa o simplemente por el hecho de que no estamos sujetando el dispositivo con las manos sino que está «al aire» hacen que se refrigere mucho mejor y que la temperatura de menos problemas. En todo caso, el tema de la refrigeración y la temperatura sigue siendo el factor limitante en las consolas portátiles modernas, eso es innegable.
Frente a este dilema, las marcas están experimentando con soluciones que hasta hace poco parecían de ciencia-ficción, como por ejemplo refrigeración líquida integrada, ventiladores con diseño anti-gravedad o cámaras de vapor que cubren casi toda la superficie del dispositivo. Lo que está claro es que deben buscar soluciones más eficaces que las actuales, porque tampoco pueden integrar disipadores enormes en un dispositivo pensado para la portabilidad.
Lo cierto es que la potencia, el rendimiento térmico y la portabilidad forman un triángulo inseparable cuando hablamos de consolas portátiles, y seguirán en conflicto mientras los ingenieros no consigan dominar la termodinámica del hardware. La llegada de arquitecturas más eficientes, como los futuros procesadores con litografía de 2 nm que consumen menos y entregan mayor rendimiento les dará bastante margen de maniobra, al menos sobre el papel, pero la clave estará en la capacidad de los fabricantes de crear sistemas de refrigeración más ingeniosos, optimizar el software que gestiona la energía, y encontrar el mejor balance entre rendimiento, autonomía, ruido y temperatura.
El futuro de las consolas portátiles dependerá de que se encuentre ese balance, y quizá en esta búsqueda logren definir las próximas grandes innovaciones en el hardware. Desde luego, parece claro que están en ello.
