Es posible que, en más de una ocasión, hayas visto un vídeo en YouTube de un juego que se está ejecutando en un equipo con tu misma gráfica, y, sin embargo, cuando tú lo pruebas, esos FPS que alcanzaba teóricamente, no llegan ni a acercarse a lo que tú tienes.
En el día de hoy, veremos los motivos por los que ocurre esto, y cómo podemos solucionarlo, para conseguir tener la misma potencia y rendimiento que ese vídeo, el cual es de un usuario común, y no está manipulado por la empresa del videojuego, por lo que sabemos que es posible y no hay trampas.
Cómo mejorar los benchmarks de nuestros PCs
Para acercarnos lo máximo posible a esos resultados que vemos en vídeos, no se trata de cambiar todo el hardware, sino de optimizar lo que ya tenemos (el cual puede funcionar mejor de lo que creemos). El primer paso es asegurarnos de que nuestro sistema está funcionando como debería. Muchas veces, el rendimiento bajo no viene de falta de potencia, sino de una mala configuración, ya que teóricamente tenemos el mismo componente que el vídeo (pese a que el resto pueden ser diferentes).
Uno de los ajustes más importantes está en la BIOS: activar el perfil XMP de la memoria RAM. Esto permite que funcione a la velocidad para la que fue diseñada. De lo contrario, puede estar funcionando muy por debajo de su capacidad real, limitando directamente los FPS en juegos exigentes, sin ser culpa del propio hardware, el cual sí tiene potencia.
Otro punto clave es mantener los drivers actualizados, especialmente los de la tarjeta gráfica (aunque todos podrían influir). Tanto NVIDIA como AMD lanzan optimizaciones específicas para juegos nuevos, y no tenerlas puede suponer una diferencia considerable. Además, conviene hacer instalaciones limpias cada cierto tiempo para evitar conflictos que podríamos no haber detectado.
También es fundamental controlar las temperaturas. Un equipo que se calienta demasiado reduce automáticamente su rendimiento para protegerse. Limpiar el polvo, mejorar el flujo de aire de la caja o incluso cambiar la pasta térmica puede marcar una diferencia notable sin gastar mucho dinero. Si deseas hacer la prueba, lo mejor es cuando enciendas el PC, y no después de un rato calentándolo a base de otras pruebas o juegos.
Del mismo modo, hay que prestar atención al sistema operativo. Tener demasiados programas ejecutándose en segundo plano consume recursos que el juego necesita. Cerrar aplicaciones innecesarias, desactivar programas de inicio y usar un plan de energía en “alto rendimiento” ayuda a liberar potencia, que aprovechará ese juego. Así mismo, actualizarlo a la última versión, ya que está claro que no funcionará igual un Windws 7, que un Windows 11, por mucho que el requisito mínimo del juego sí se cumpla.
Por último, es importante replicar exactamente las condiciones del benchmark. Esto significa usar la misma resolución, los mismos ajustes gráficos y las mismas tecnologías (como DLSS o FSR). Muchas veces creemos estar comparando lo mismo, pero pequeños cambios en sombras, distancia de dibujado o efectos pueden afectar muchísimo al rendimiento.
Al final, todo esto se resume en algo bastante simple: el rendimiento no depende solo de una pieza concreta, sino de todo el conjunto. No sirve de mucho tener una gráfica potente si el resto del equipo no está a la altura o no está bien configurado, por lo que ambas partes son importantes.
