Dónde es mejor poner un SSD M.2 para que no tenga problemas de temperatura

La incorporación de los dispositivos de almacenamiento sólido de tipo SSD M.2 ha abierto un nuevo frente en lo que respecta a las temperaturas de funcionamiento de estos dispositivos. Y es que, el tipo de diseño que tienen, no permite el mismo grado de flexibilidad que podemos tener con los SSD normales en formato de 2,5 pulgadas. Esto nos lleva a que, en algunas circunstancias, no reciban la suficiente refrigeración, lo que puede llegar a que hagan throttling, son su consiguiente disminución del rendimiento.

Aquellos usuarios que tengan una unidad de almacenamiento de tipo SSD M.2, habrán notado que ésta suele funcionar a una temperatura más elevada que las unidades SSD en formato 2,5 pulgadas. En realidad, si la unidad es del tipo SSD M.2 SATA, este incremento de temperaturas no suele ser demasiado problema. Hay que tener en cuenta que los SSD son menos sensibles a las temperaturas, y su rango de funcionamiento es superior (desde los 0 ºC hasta los 70 ºC) al que estamos acostumbrados a encontrar en los discos duros.

Sin embargo, las temperaturas que pueden alcanzar los SSD M.2 que emplean el protocolo NVMe, pueden llegar con facilidad a los 80 o 90 ºC. Sí, es cierto que este tipo de unidades son considerablemente más rápidas que los SSD tradicionales (algunas de ellas pueden multiplicar x5 las tasas de transferencias de datos), dado que se conectan bus PCIe de la placa base. Pero no es de recibo que, a cambio de esta mayor velocidad, sus temperaturas de funcionamiento sean tan elevadas. Esto, como ya hemos comentado, suele tener como consecuencia que estas unidades hagan throttling y bajen su rendimiento cuando se les está exigiendo mucho.

El problema de la temperatura de los SSD M.2 tiene mucho que ver con cómo se conectan

Aunque para muchos usuarios, que los SSD M.2 se conecten directamente a la paca base pueda verse como una ventaja, en cuestión de ocupar el mínimo espacio posible dentro del sistema (y no tener que lidiar con los cables SATA y de alimentación que requieren las unidades de 2,5 pulgadas), esta aparente ventaja es una de las causantes de las altas temperaturas que llegan a alcanzar cuando están en funcionamiento. De hecho, la industria de la refrigeración de componentes no ha tardado mucho en lanzar disipadores para los SSD, los cuales pueden ser más o menos caros.

El problema con la disposición de los anclajes es que la superficie de la placa base no suele tener demasiada ventilación directa. Sí, los VRM de las placas base se refrigeran, pero solo porque poseen disipadores elevados sobre la superficie de la placa, y solo porque el disipador del procesador se encarga de generar una corriente de aire a su alrededor que es capaz de refrigerarlos. Pero en el caso de los SSD M.2, dado que están situados al ras de la placa (levantan pocos milímetros de la superficie de ésta), no hay corriente de aire que los alcance para poderse ventilar.

¿Dónde se pueden instalar los SSD M.2?

Los lugares más típicos para la instalación de los SSD M.2 suelen ser:

  • En el espacio que queda entre el socket del procesador y la primera ranura PCIe x16.

  • En la región inferior derecha de la placa base.

  • Entre las ranuras PCIe

Todos estos lugares adolecen del mismo problema de falta de ventilación. Especialmente el primero de ellos, dado que, al estar al lado del procesador y de la tarjeta gráfica, va a recibir todo el aire caliente que se desprende de refrigerar estos componentes, lo cual hará que funcionen todavía a ºC más elevados.

Lo que sucede, muchas veces, es que la ranura M.2 que está más cerca del procesador es la que suele emplearse para instalar los SSD de tipo NVMe, mientras que las restantes suelen destinarse a ser empleadas por unidades de tipo SATA. Así que. en muchas ocasiones, nos vamos a ver forzados a emplear esta ranura si tenemos uno de estos SSD por el diseño que ha escogido el fabricante de la placa base.

La cuarta opción es la más aconsejable

Sin embargo, hay una cuarta opción para conectar opción para conectar los SSD M.2 a la placa base, en la que sí recibirán una refrigeración bastante mejor. Esta solución pasa por emplear un adaptador PCIe x4 para conectar el SSD a éste y, luego a una ranura PCIe x4 libre de la placa base.

Este tipo de adaptadores presentan la ventaja de levantar las unidades de almacenamiento de la superficie de la placa base, con lo cual alejamos al SSD de todas las fuentes de calor. Y, a la vez, lo ponemos en medio del camino de la corriente de aire interna que circula por el interior de la caja.

Lo mejor de todo es que este tipo de adaptadores no son especialmente caros. Y nos van a permitir tener funcionando a nuestro SSD M.2 sin el calor que viene asociado al resto de opciones que tenemos con las placas base.